El otro día me llegó algo que me hizo frenar un segundo, pero no fue un premio ni una medalla ni una palmadita en la espalda de esas que puedes enseñar en redes con orgullo fácil. Fue un número. El puesto 38 en el ranking mundial de jueces más activos del Beer Judge Certification Program. Y lo curioso es que, cuanto más lo miraba, menos tenía que ver con reconocimiento y más con realidad. Porque este ranking no mide quién es mejor, mide quién está ahí, quién aparece, quién se mueve, quién sigue.
El sistema del BJCP funciona por puntos. Cada competición en la que participas suma. También suman las que organizas o en las que colaboras. Es decir, no es una clasificación de talento ni de criterio sensorial, sino de actividad. De presencia. De compromiso con el proceso. Y aun así, o precisamente por eso, cuando te ves dentro entiendes algo que no siempre es evidente en el día a día: la cantidad de horas, viajes, catas y conversaciones que hay detrás de seguir aprendiendo en serio.
Porque lo que no se ve en ese número es lo importante. No se ven los vuelos de madrugada ni los jet lag que convierten el café en herramienta de supervivencia. No se ven las mesas de judging donde puedes catar decenas de cervezas en un día intentando mantener la cabeza limpia, el criterio firme y el respeto intacto por cada muestra. No se ven las hojas de evaluación llenas de notas, ni los debates técnicos donde una misma percepción puede tener tres explicaciones distintas. No se ve el esfuerzo constante por no caer en el piloto automático.
Y hay otra cosa que el ranking tampoco cuenta: no todas las competiciones puntúan. Muchas de las europeas en las que participo no suman dentro del sistema BJCP. Tampoco organizo competiciones, solo juzgo. Así que ese puesto 38 no refleja todo el movimiento real, solo una parte. Pero quizá por eso mismo tiene valor, porque lo que muestra ya es suficiente para hacerte parar y mirar con perspectiva.
Lo interesante es entender qué significa realmente estar ahí. No es una meta, es un indicador. Una especie de espejo que te devuelve una imagen bastante honesta de tu nivel de implicación. Porque en un sector como el de la cerveza, donde es fácil quedarse en la teoría o en lo que uno cree que sabe, la única forma de avanzar de verdad es exponerte constantemente a nuevas referencias, nuevos contextos y nuevas interpretaciones.
Aprender de cerveza no es solo leer, aunque leer sea fundamental. Es viajar, es probar, es equivocarte, es recalibrar. Es enfrentarte a estilos fuera de tu zona de confort y entender por qué funcionan como funcionan. Es darte cuenta de que lo que en un contexto podría parecer un defecto, en otro puede ser parte del carácter del estilo. Es pasar de ser un cazador de off-flavors a alguien capaz de interpretar lo que tiene delante.
Durante años, muchos entrenamos el paladar buscando defectos porque es lo más fácil de enseñar y de medir. Identificar diacetilo, DMS o acetaldehído se convierte en un objetivo claro, casi mecánico. Pero llega un momento en el que eso ya no alcanza. Porque el mismo descriptor puede tener orígenes distintos y significados completamente opuestos según el contexto. Y ahí es donde cambia el juego. Ahí es donde dejas de reaccionar y empiezas a pensar.
Ese tipo de aprendizaje no ocurre en una clase ni en un libro. Ocurre repitiendo, comparando, discutiendo, dudando. Ocurre estando. Y en ese sentido, este ranking, sin pretenderlo, habla de algo más profundo: de la repetición necesaria para que el criterio se construya de verdad.
Estar en el puesto 38 no me hace mejor jueza. Me hace más activa. Y eso, en este oficio, es una diferencia enorme. Porque la experiencia no es acumulativa por sí sola, necesita ser procesada, contrastada y puesta en contexto constantemente. Y para eso hay que moverse.
Cuando vi el ranking completo publicado por el BJCP, más que fijarme en la posición, pensé en todo lo que hay detrás de cada nombre. Horas de dedicación silenciosa, viajes, decisiones, errores y aprendizajes que no siempre se cuentan. Personas que, de una forma u otra, han decidido tomarse la cerveza en serio.
Al final, lo que este número me recordó no tiene que ver con la validación externa, sino con algo mucho más simple y más exigente: el compromiso con seguir aprendiendo. Con no acomodarse. Con no dar por hecho que ya sabes suficiente.
Porque en la cerveza, como en casi todo, el problema no es no saber. Es dejar de moverte pensando que ya sabes lo suficiente.
Y si hay algo que este ranking deja claro, es que aprender de verdad implica exactamente lo contrario.
